Cambiar el país es difícil. Sea cual sea. Incluso que tu ciudad cambie. Mi madre suele decirme que si tantas ganas tengo de que cambie todo por qué no me meto a político para cambiar el país, y yo le digo que España me da igual, que puesto a cambiar prefiero cambiar el mundo. Y ella me dice que me flipo, que poco a poco. Y me río: es ella la que dice que empiece por España.
Y creo que cambiar el mundo no es tan difícil, es más bien una cuestión de foco. Un Estado o una ciudad son entes muy grandes, inasumibles para la capacidad de cooperación humana. Pero el barrio sí es abarcable, y el cambio empieza ahí. Estableciendo el barrio como unidad de medida del cambio, se pueden alcanzar cotas mayores.
Llevo tiempo pensando en esto, sobre todo a raíz de lo que ya comenté sobre los ejes que mueven a un comunidad en el post de hace dos días, y es algo que es fácil de experimentar, y que estoy viviendo aquí. ACOES hace una labor encomiable, pero tiene demasiados proyectos y abarca demasiado campo, lo que crea una sensación de dispersión entre los voluntarios; pero en Tegucigalpa, y justo en los alrededores de donde yo estoy, noto la presencia de una comunidad que forma parte de su eje de cambio, sea o no miembro activo, y que lucha por el progreso. Solo el tiempo y el buen hacer de la comunidad determinará si ese cambio se contagia al resto de barrios, poco a poco.
Aplíquese esto a cualquier barrio. Cambiar el barrio para cambiar el mundo. Mañana vuelta al trabajo.
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